martes, 9 de septiembre de 2014

LA CAÍDA DE ANDELKRAG




A pesar de la dificultad de la tarea, si me viera obligado a quedarme con una sola plancha de 'Príncipe Valiant' de entre las más de 1.700 dominicales que Harold Foster realizó a lo largo de sus 35 años de dedicación exclusiva a la serie, probablemente la escogida sería ésta: la número 127, conocida como 'La Caída de Andelkrag', correspondiente al 16 de Julio de 1939.

Roma ha caído bajo el poder de Atila y toda Europa arde en llamas. El emperador Valentiniano se ha visto obligado a pactar una vergonzosa paz para el orgullo romano, entregando en matrimonio a su querida hermana al brutal Atila. Mientras, los hunos saquean, destruyen y aniquilan cuanto se interpone en su camino. El caos y la desolación se apoderan de los despojos del antaño altivo imperio, mientras columnas de refugiados huyen de un poblado a otro. Pero en el corazón del continente, una pequeña fortaleza todavía resiste a los invasores asiáticos. El príncipe Camoran de la Alta Cabeza ha reunido en su castillo a todos aquellos que aman las artes, la belleza, la poesía, la música y la nobleza, en un intento por conservar los restos de una civilización moribunda. Ahora tan sólo las altas torres de Andelkrag se encumbran por encima del fuego y el humo de la barbarie.

Meses de salvaje asedio huno se suceden sin que los defensores rindan la plaza. Las reservas de la fortaleza comienzan a agotarse lentamente, a pesar de lo cual todas las noches se celebran enormes banquetes en honor a los combatientes en el salón del trono. Valiant pregunta a Camoran si no sería más sensato racionar las provisiones, pero la respuesta que recibe del señor del castillo es simplemente antológica: "Sir Valiant... ¡Viviremos, amaremos, lucharemos y moriremos como caballeros!". Camoran sabe que Andelkrag está condenada, aislada y sin esperanza de recibir ayuda del exterior. Es sólo cuestión de tiempo que caiga en poder de los hunos. Pero ni siquiera la cercanía de la muerte provocará que Camoran renuncie a los principios e ideales que rigieron su vida. Mientras sea posible, los habitantes de Andelkrag vivirán como seres civilizados, no como bárbaros.

El temido momento llega por fin, y los víveres se agotan. Entonces Camoran se dirige a sus hombres: "Los bárbaros dominan de mar a mar... Somos los últimos guerreros-trovadores. Gracias a nosotros, durante este tiempo el mundo ha sido un lugar mejor para vivir... Pero ahora nuestras provisiones se han agotado, de modo que mañana haremos lo que tenemos que hacer". Al día siguiente, los últimos defensores de Andelkrag se arman para cargar contra los hunos en campo abierto. Es un ataque suicida, pero los guerreros prefieren morir batallando con honor antes que de inanición tras unos muros. Las valerosas mujeres de Andelkrag optan por inmolarse y ser pasto del fuego antes que acabar siendo violadas por los salvajes. Así pues, la última batalla de los defensores de Andelkrag tiene lugar con la caída del ocaso, mientras la silueta del castillo en llamas se recorta contra el sol poniente, hundiéndose lentamente tras el horizonte.

Al final, Valiant es el único de los defensores que permanece en pie. Cuando él también va a ser abatido por los salvajes, una noticia corre como la pólvora desde el campamento bárbaro, interrumpiendo la batalla: Atila ha muerto. La súbita noticia de la muerte de su líder a cientos de kilómetros de allí (en Pannonia, actual Hungría) provoca que los compungidos hunos marchen en peregrinación hasta el lugar de su fallecimiento. La épica figura de un exhausto Val, envuelto entre las sombras de la noche y apoyado en una ensangrentada Espada que Canta sobre una montaña de cadáveres, contempla en la distancia la procesión de antorchas fúnebres, mientras desfilan en columna hacia el paso montañoso de Pannonia. Este es el origen del odio eterno que Val profesará a los hunos en el futuro. Cuando el polvo y la sangre aún no se han asentado sobre el terreno, Val recoge en brazos el cadáver de Camoran y lo sube a lo alto de la torre principal del castillo, antes de que se derrumbe, para rendirle tributo en forma de funeral vikingo. Envuelto en una capa, arroja el cuerpo del héroe a las llamas: "Todo Andelkrag será tu féretro", su epitafio.

La caída de Andelkrag es algo más que la narración de un asedio. Es el final de la utopía, del sueño de un mundo mejor y más justo. Es el final del faro de la civilización occidental, anegado entre las nieblas de la barbarie. En ese sentido, la caída de Andelkrag tiene las mismas connotaciones míticas que la caída de Camelot. La muerte de Camoran posee ecos innegables de 'La Morte d'Arthur' y la postrer ruina de Ávalon de los ciclos artúricos.

Esta historia, y en particular la plancha que nos ocupa, son en opinión de quien esto escribe, el culmen y la cúspide del romanticismo en los cómics.

2 comentarios:

Stewart Cops dijo...

Tengo un gran respeto por Hal Foster, aunque he leido más a otros clasicos como Alex Raymond, creo que me ha influido más la tematica, que la calidad artistica de ambos, pues considero a los dos artistas, como los mejores referentes en la historia del comic.


Hombre de Trapo dijo...

Muy buenas, Stewart.

La obra magna de Foster forma parte integral de lo que yo denomino como 'Santísima Trinidad' del cómic de aventuras (y en definitiva, del cómic como medio): 'Príncipe Valiant', 'Teniente Blueberry' de Charlier/Giraud y 'Corto Maltese' de Pratt. Ningún aficionado al cómic que se precie verdaderamente de serlo debería morirse sin haber leído estas tres obras fundamentales del 9º Arte.

El Flash Gordon de Alex Raymond tenía un dibujo excelso y maravilloso, pero en mi opinión ni los guiones ni las historias fueron nunca gran cosa. El Flash Gordon que es realmente bueno es el de Dan Barry. En 2011 Panini sacó un tomo recopilando las primeras tiras diarias (con guiones de Harvey Kurtzman) pero tristemente el proyecto se quedó en agua de borrajas, puesto que no han vuelto a editar ningún tomo más desde entonces.

En cambio, Harold Foster era un guionista estupendo. La gente siempre habla de Príncipe Valiant refiriéndose a su extraordinario dibujo (con razón), pero no hay que olvidar que los guiones estaban a la misma altura que el apartado gráfico. Las historias de Foster te atrapaban de tal manera que no querías dejar de leer bajo ningún concepto. Una vez dentro del mundo de Príncipe Valiant, resultaba imposible querer salir de él (al menos, a mí me sucedía así).

¡Un saludo!